Indiferente al inclemente clima que reinaba, subió (uno a uno) los peldaños de la escalera que le habíamos prestado. Una vez arriba, comenzó a pegar, despacio y sin equivocarse, los diminutos mosaicos que irían armónicamente formando el techo estilo oriental… todo con paciencia de chino. Nosotros, cansados como siempre, lo mirábamos imaginándonos el catarro que el chinito se iba a agarrar si seguía trabajando bajo la lluvia y el frío...
Yo era dueño de una fotocopiadora, Saúl tenía una ferretería y Juan una verdulería. Los tres habíamos heredado los negocios que nuestros padres habían formado con esfuerzo y dedicación. La esquina se había mantenido intacta desde entonces y cuando supimos que la vieja peluquería (corroída por la falta de implementos y ya putrefacta por la cera de depilación reutilizada) iba a salir a remate, tuvimos un nuevo tema de conversación para acompañarnos en nuestras eternas tardes de poco trabajo, siempre hambrientas de clientes.
Cuando llegaron a desalojar el lugar, los mismos señores de la mudanza nos pasaron el rumor. “Lo compraron unos chinos” nos dijeron. “Seguro se viene un restaurante”.
Un día, se nos acercó un señor de ojos rasgados vestido de carpintero, al parecer iba a empezar las obras para transformar definitivamente la antigua peluquería en un lugar de comidas oriental. "Hasta el maestro carpintero del restaurant es chino compadre". Me dijo Saúl cuando, con un español digno de tarzán, nuestro nuevo vecino nos pidió una escalera para subir al techo. Después, no cesó en trabajar; ignorando el cansancio, el horario, el hambre y la sed.
Pasó el tiempo y llegó el día en que todos nos sorprendimos con un destello dorado al llegar (temprano en la mañana) a abrir nuestros negocios. El restaurante estaba listo, y en la entrada había un inmenso gatito chino dorado… movía el brazo con ansiedad por conseguir fondos y prosperidad para el emprendimiento naciente. El brillo intenso de su color dorado, bañaba toda la cuadra.
Grande fue nuestra sorpresa al ver que el mismo chinito que había hecho el techo y remodelado el local, no era un maestro carpintero contratado sino que el mismísimo cocinero y dueño del nuevo local de comida cantonesa. Su personalidad eléctrica y energética contrastó nuestro cansancio latino desde el primer momento en que lo vimos correr para lado y lado, arreglando cada uno de los detalles del lugar.![]()
- Le apuesto que él mismo caza las ratas que sirve mezcladas con tanto aliño y verduras compadrito - me dijo Juan, un día que ya estaba harto de verlo limpiar uno a uno los mosaicos con un pañito.
Mientras más pasaba el tiempo, menos entendíamos al chino… Un día, iba llegando tan rápido que se dio vuelta su bolso y salió todo volando. En ese momento lo ayudamos y me tocó a mí recoger su pasaporte…. coreano. Aunque para nuestras mentes latinas (incapaces de entender el curioso pensar oriental) que fuera coreano, taiwanés, chino o vietnamita no hacía diferencia, nos pareció muy raro que tuviera un restaurante cantonés típico y que aceptara que le dijéramos “el chino”, sin siquiera chistar. Al preguntarle, su exiguo español sólo nos permitió entender parte de un discurso de principios, sacrificio y servidumbre: que eso daba igual, que el sudamelicano gustaba de una comida china que no se selvía ni en China ni en Colea, que el filete mongoliano ela inventado acá, que a él sólo le importaba ganal plata y pala eso él selvía al latino con lo que le exigía…
Con el correr del tiempo, nuestro vecino incorporó a su señora e hijo al restaurante. Su señora atendía la caja y el chinito chico limpiaba las mesas de los comensales que terminaban. Él seguía en la cocina y atendía las mesas personalmente. Después de la hora de almuerzo, como a las 3 de la tarde, contaba la plata… cada vez contaba menos.
Hacía un buen tiempo que la cantidad de personas que circulaban por la esquina estaba en franca declinación. Los nuevos “malls” se estaban llevando todos nuestros antiguos clientes y nosotros nada podíamos hacer ante la temible evolución comercial del viejo barrio... El chino nos miraba con impaciencia ante nuestra cara de resignación. Ni el gato, ni los mosaicos ni una nueva luz de neón estaban atrayendo a la gente que, otrora, abundaba en nuestra esquina.
Como buen soldado oriental, nuestro vecino seguía trabajando. Ahora más intensamente que nunca. El re
staurante se veía roído y ajado por el clima... las pandillas dominaban el área por la noche y los locales amanecían siempre rayados con spray. Al chino nada de eso le importaba. Como un desafío personal, ponía cada vez más ahínco en mantener a flote un negocio que ya estaba en la cuerda floja.
Religiosamente, todas las mañanas, limpiaba su fetiche felino de la entrada hasta sacar la última partícula de polvo. El gato, ya descascarado y un poco opaco, movía la mano con inédita intensidad para, de una vez por todas, atraer al sol naciente.




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