Radiantes y con expresión de deseo, entraron los tórtolos al vagón. Caminaban lento, y sonreían pensando en la maldad que estaban por hacer lejos de sus hogares.
Una vez dentro del carro, y sin amague previo, se lanzaron en un largo y libidinoso beso… a vista y paciencia de un público resignado. Su generosa y abundante saliva, iba y venía mezclándose con sus lenguas inquietas.
El vagón iba repleto y yo fui su vecino más próximo por tres estaciones.
Al bajar del metro, miré hacia atrás y lloré. Hacía tiempo no sentía el amor tan de cerca.



Don´t cry... sólo sonríe...